No puedo respirar.

No puedo respirar.

“No puedo respirar.”

“Tranquila, inspira hondo verás como se pasa”

 “No, no me entiendes. No es eso. Es que no entra el aire. ¿Ves? No pasa de ahí. Dios mío no puedo respirar.”

Y así empezó todo.

O bueno, así pensaba yo que empezaba todo.

Realmente no sé muy bien cuando empezó. Quizá cuando decidí criar de forma consciente. Cuando decidí que, mientras pudiésemos, sería yo quien se encargaría de ellos. Quizá comenzó cuando, mientras hacía eso, comencé a emprender. Con un blog, un canal y unas redes sociales, con cosas que poca gente valora, pero que se llevan más horas de las que cualquiera imagina.”

Quizá comenzó cuando me impuse tener contenido listo casi siete días en semana, aunque nadie me pagase por casi nada de ello. O quizá cuando comencé a levantarme a las cinco de la mañana para trabajar a diario porque durante el día quería atender 100% a mis hijos.

Bueno, puede que comenzase cuando impuse el deporte como obligación, porque me ayudaba mentalmente. O cuando tuve que parar de practicarlo por un susto en el embarazo y un post parto que duró más del que me gustaría. 

Quizá el comienzo fue mi presión por querer hacerlo todo. Y hacerlo bien. O quizá cuando empecé a leer e informarme sobre cómo educar a mis hijos, y no me perdonaba mis errores. Quizá el principio fue ese día en el que lloré sin parar, pero que dejé pasar porque bueno, es normal ¿no? 

No se bien cuando empezó. Pero no era capaz de respirar.

Me dolía el pecho. Mucho. No podía salir de casa sin la sensación de que me ahogaba. Mi paciencia, antes casi infinita, había desaparecido. No estaban mis sonrisas. Ni para mis hijos ni para nadie. Y lloraba. Un día, otro, otro, otro más. Sin poder evitarlo.

No podía dormir. La mente gritaba a todas horas. Que alguien le haga callar.

No podía comer. Todo me daba asco, todo me sentaba mal. 

Yo solo quería respirar hondo. Por favor. Solo una vez. Coger aire.

Y caí. Profundo.

Mi mente había llegado a un nivel que no conocía. Todo el día hablando. Todo el día preocupada. Todas las noches también. Yo solo veía problemas, estuvieran o no. Solo veía negro, fuese cual fuese la realidad. 

Y entonces, en ese agujero, me vi. Me mire a los ojos. Vi el cansancio. Vi lo que quise ser. Vi lo que era. Entendí que me había destrozado sola. Que no se puede dar más de lo que uno tiene. Que la auto exigencia puede golpearte hasta que no puedas más. Que la vida y, sobre todo, la mente tiene un límite. Que ese límite lo había sobrepasado ya. 

Miré esas ojeras. Esos ojos hinchados. Esas lágrimas que no paraban de salir. Y me prometí que saldría de ahí donde me había metido. 

Intenté hacerlo sola, pero pesaba demasiado.

Sentía cosas que no conocía. No conocía esa sensación de ahogo. Ni el no querer ver o estar con nadie. No conocía esa sensación de llorar 24 horas, o querer hacerlo. Solo sabia que quería volver a ser yo. A mucho antes de esto… y no encontraba el camino de vuelta.

Así que pedí ayuda. A mi alrededor. Confesé como me sentía. Lo desesperada que estaba. Y a profesionales. Me puse en manos de alguien que tuviera recursos para ayudarme de verdad. Que me dijera como ir soltando poco a poco esa bola que yo misma había creado en mi estómago. Qué hacer para coger aire. Cómo hacerlo.

Así que así estoy, dando pasos.

Cuadros de ansiedad y estrés. Bah que flojito suena para lo que es. Que poquito describe esa sensación de que no podrás coger otra bocanada. De que no volverás a sonreír desde dentro. Que poquito describe la angustia, la soledad. 

Y cuánto daño trae que no imaginamos. Bueno, todo el mundo está estresado, ¿no? Y entonces se te cae el pelo, se te rompe un diente, se te encaja la mandíbula, la piel reacciona, el estómago no funciona bien, el sueño se trastoca y siguen apareciendo consecuencias por todos sitios.

Necesito tiempo. Vida. Dejar ir y dejar entrar. 

Y que esto quede como un aprendizaje más. Para no volver a caer en agujeros desconocidos.

Marta

Back to Top
A %d blogueros les gusta esto: